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El Fondo recorta el crecimiento argentino y le demora a Caputo el desembolso
El Fondo Monetario Internacional volvió a enfriar las expectativas sobre la economía argentina en medio de las negociaciones que Luis Caputo mantiene abiertas con Kristalina Georgieva. El organismo proyectó un crecimiento de apenas 2,1% para 2026, menos de la mitad del registrado el año pasado. La reunión entre el ministro y la titular del Fondo dejó una foto diplomática, pero no el anuncio que esperaba el Gobierno: la tercera revisión del programa continúa sin cerrarse.
Las proyecciones de crecimiento del FMI para la Argentina se convirtieron en un blanco móvil. A lo largo de las sucesivas revisiones, el organismo fue corrigiendo sus estimaciones hasta llegar al magro 2,1% que proyecta ahora para 2026.
Cada nuevo pronóstico achica las expectativas oficiales y deja más lejos la promesa de un crecimiento sostenido.
La secuencia de correcciones es elocuente. En octubre de 2025, el FMI proyectaba un crecimiento del 4% para 2026, estimación que ratificó en enero. En abril la redujo al 3,5% y en julio mantuvo ese pronóstico. Ahora, en octubre, la recortó al 2,1%. En un año, el Fondo redujo su expectativa de crecimiento en 1,9 puntos porcentuales, casi a la mitad de su previsión original. También corrigió la proyección para 2027, del 4% al 3,5%.
La comparación regional tampoco favorece al Gobierno. Mientras el Fondo proyecta una expansión de 2,3% para América Latina y el Caribe en 2026, Argentina quedaría por debajo de ese promedio. Brasil crecería 2,2%, Perú 3% y Paraguay 4,5%. El desempeño argentino también quedaría por debajo del crecimiento mundial, estimado en 3,1%.
El informe incluye otros números que contrastan con el optimismo oficial. El FMI proyecta una inflación promedio de 32,5% para 2026 y de 21,2% para 2027. También anticipa que el desempleo aumentará del 7,4% registrado en 2025 al 7,6% este año, antes de retroceder al 7,1% el próximo.
El panorama del FMI para la Argentina quedó expuesto en Bangkok, Tailandia, donde Caputo se reunió con Georgieva durante las Asambleas Anuales del FMI y el Banco Mundial.
El ministro difundió una fotografía del encuentro y aseguró que la directora gerente había sido muy elogiosa con la disciplina fiscal argentina, a la que calificó, según su versión, como ejemplar en el mundo pese a los shocks internacionales.
Georgieva también utilizó las redes sociales para destacar la reunión. Celebró las mejoras en los fundamentos económicos y la resiliencia de la Argentina, sostenidas por la disciplina fiscal. Pero su publicación incluyó una precisión bastante menos entusiasta: los equipos técnicos continúan trabajando para finalizar las discusiones de la tercera revisión del programa. Es decir, hubo elogios, pero todavía no hubo acuerdo.
Ese es el punto que el Gobierno procura disimular. La tercera revisión del acuerdo por 20.000 millones de dólares sigue pendiente, pese a que la misión técnica del Fondo estuvo en Buenos Aires a fines de septiembre. Si las cuentas estuvieran completamente en orden, el proceso podría haber avanzado hacia la aprobación del directorio. La demora no demuestra por sí sola la existencia de un conflicto político, pero confirma que quedan cuestiones sin resolver.
Una de ellas es el incumplimiento de la meta fiscal. Durante el primer semestre, el Gobierno acumuló un superávit primario de 6,29 billones de pesos, frente a los 6,86 billones comprometidos con el organismo. La diferencia ronda los 574.000 millones de pesos. Ese desvío obliga a negociar una dispensa, conocida como waiver, para que el directorio pueda aprobar la revisión sin exigir el cumplimiento literal de la meta original.
La discusión tampoco es menor en términos financieros. De la aprobación depende un desembolso de aproximadamente 869 millones de dólares. El monto adquiere relevancia por la fragilidad de las reservas del Banco Central y el calendario de vencimientos con el propio Fondo. Argentina enfrenta pagos por unos 865 millones de dólares en noviembre y otros 340 millones en diciembre.
Caputo viajó acompañado por el presidente del Banco Central, Santiago Bausili, y el viceministro José Luis Daza, en una agenda que incluye reuniones con autoridades del Banco Mundial, el BID y representantes del G20.
Sin embargo, la cumbre de Bangkok tiene una particularidad que le resta peso político: Scott Bessent, secretario del Tesoro estadounidense, decidió no participar. La ausencia rompe una tradición no escrita de estas asambleas. Habitualmente, el secretario del Tesoro encabeza la delegación estadounidense y participa de las reuniones bilaterales y de los encuentros de ministros de Finanzas y presidentes de bancos centrales del G20 que se celebran en paralelo.
Esta vez Washington envió al subsecretario del Tesoro, Francis Brooke, y a la responsable de Asuntos Internacionales, Erin Browne. La explicación oficial fue que Bessent debía atender compromisos internos.
La decisión tiene consecuencias que exceden el protocolo. Estados Unidos concentra alrededor del 16,5% del poder de voto del FMI y dispone de un veto de hecho sobre las decisiones estructurales que requieren una mayoría del 85%.
La ausencia de su máxima autoridad económica reduce el margen político para avanzar en acuerdos sobre reestructuración de deudas, financiamiento internacional y reformas de la arquitectura financiera global. Las conversaciones continúan, pero falta en la mesa el funcionario que representa al principal accionista del organismo.
“La reunión de Bangkok corre el riesgo de convertirse en una asamblea de turismo financiero”, comentó a LPO una fuente que participa de la Asamblea. “Las delegaciones se encuentran, intercambian diagnósticos y posan para las fotografías, mientras las decisiones de mayor peso se concentran en Washington”, completó.
Lo cierto es que las preocupaciones de Estados Unidos, Japón, Alemania y el Reino Unido van mucho más allá de las dificultades argentinas. El problema que concentra la atención de los grandes inversores es el empinamiento de la curva de rendimientos de los bonos del Tesoro estadounidense. En particular, el aumento de las tasas de interés de largo plazo, que encarece el financiamiento de los gobiernos y las empresas en todo el mundo.
El rendimiento del bono estadounidense a diez años superó recientemente el 5,25%, su nivel más elevado desde 2002. La presión responde a una combinación de inflación persistente, elevados requerimientos de financiamiento del Tesoro, costos energéticos y dudas sobre la sostenibilidad fiscal.
Así, mientras Caputo exhibe los elogios de Georgieva y procura destrabar los 869 millones de dólares pendientes, las grandes potencias siguen con atención la montaña de deuda que debe refinanciar Estados Unidos. Milei apuesta a su cercanía con Trump como respaldo político de última instancia. Pero el dinero tiene un precio que no se define en las fotografías de Bangkok. Y si las tasas largas estadounidenses continúan subiendo, el problema argentino puede volverse todavía más difícil de administrar.
Esta nota fue publicada en el portal LaPolíticaOnline. Read More
